
Queridos lectores de esta Expresión Libre, reciban mis más cordiales saludos y agradecimientos por permitirme hacerlos partícipes de esta singular aventura. Y es que definitivamente, lo que nos pasa a mi hermana Carolin y a mí, no le pasa a más nadie. Ya verán por qué.
Todo comenzó tras su llamada, cuando decidimos juntarnos en una plaza comercial en la que ella se encontraba haciendo una diligencia. La idea (que teníamos desde el viernes), era aprovechar que ambas estábamos libres, y así comprar las boletas del concierto de Arjona. Emprendí mi viaje, llegué y en seguida me di cuenta de que la Carola estaba en un estado de “desacate comprístico total”. Tal parece que la noche anterior hubiera tenido un sueño en el que le avisaron: huye, que van a cerrar todas las tiendas!!!! …y ella, muy obediente, con los recién cobrados chelitos, salió a llevarse media plaza, jajajajajaj…!!!!! (Es broma, mi niña, ya te lo merecías).
En fin, era el turno de ir hasta la oficina principal de Orange. Es que yo iba a comprar mi boleta con mis fidepuntos, y Carolin con el descuento que tienen los clientes de esta telefónica. Justo antes de llegar hasta donde estaba el carro de Carolin (Sebastián para los que no lo conocen y con el que tiene menos de un mes), la lluvia empezó a caer de mala manera. Es que Lili solo tiene que pensar en salir de su casa, para que el agua haga SAS!!!, y se deje ver en su máxima expresión.
Llegamos en un dos por tres a nuestro primer destino, y así con el agua en su buena, nos desmontamos ayudadas por una sombrilla que Carolin tenía. Por un lado, no estábamos tan preocupadas, no teníamos el pelo arreglado, pero por otro, sí teníamos que cuidar nuestras gargantas, ya que ambas padecemos de esa afección, y en mi caso particular, solo hace falta que me caiga una gotita, para que mis amígdalas se pongan del tamaño de dos pelotas de ping pong. Yo, como siempre guiada por el lema que reza “mujer precavida vale por dos”, llevaba puesto mi abrigo con gorro, al que llamo cariñosamente “mi traje de caperucita azul”.
Nos enteramos de que teníamos que avanzar dos esquinas en esa misma calle para comprar la boleta de Carolin en la caja expreso, ¿y qué creen? El turno para comprar la mía era en hora y media!!! Así mismo, como lo están viendo. Nosotras solo nos miramos y dijimos coomoo!!! No puedo con Orange, era sábado y lloviendo y todos estaban en ellos… ¡lindosss…! Nada, que se le iba a hacer. Tocaba esperar, pero mientras, íbamos a la caja expreso y luego a Plaza Central para hacer otra diligencia “gastadística” y así ganar tiempo. (Jajajaj… que diferencia el andar montado eh? Ahora es que este dúo dinámico va a tener aventuras…)
Carola estaba feliz. Ya tenía su boleta en mano, y como nuestra amiga Cibelis ya compró la suya, solo faltaba la de una servidora. Pero no desesperéis, en hora y media eso iba a cambiar, o al menos eso era lo que pensábamos. Damos la vuelta para irnos, y en eso me percato de que hay un muchacho parado en una de las ventanillas de la caja expreso: “ah mira yo no sabía que también atendían a personas a pie”, le comento.
En una de lo más quitada de bulla, vuelvo a mirar hacia el joven: Era nada más y nada menos que nuestro amigo Franklin Marte. Sí, el también era uno más del reguero de gente que decidió pasar esa romántica tarde de sábado haciendo diligencias en Orange. Jajajajaaj….
Luego de saludarlo, Carolin le dijo nuestro rumbo a ver si quería la bola, pero contestó que no le convenía esa ruta, que muchas gracias. Y nos despedimos, digo por el momento…
Luego de saludarlo, Carolin le dijo nuestro rumbo a ver si quería la bola, pero contestó que no le convenía esa ruta, que muchas gracias. Y nos despedimos, digo por el momento…
De camino, nos metimos por una serie de calles por las que nunca habíamos andado. Ustedes saben. Carolin privando en la “más chofera”, que se conoce todas las salidas, atajos y demás hierbas aromáticas. Pues no se qué le pasó, porque en una como que se emocionó con el pie, y estuvimos a punto de “besarnos” con una yipeta!!! Ya se podrán imaginar, la vida entera me vino a la mente en un abrir y cerrar de ojos… y yo solo decía “Señor tú sabes que todavía tengo muchas cosas que hacer en esta vida”. Ella parecía no inmutarse. Eso hay que admirarlo. Supo mantener la ecuanimidad y la calma ante esa extrema situación. Porque como ustedes comprenderán, ella era la que tenía el guía y no era el momento de que levantara las manos para exclamar y entrar en estado de shock (como hacen algunos). Bien por ti hermana!
Entrando al parqueo de Plaza Central, dicho sea de paso bien full, Carolin y yo, algo nerviosas por el suceso anterior, vemos un extraño aparato que señalaba que tomáramos un ticket. Intentamos tomar uno, presionado un botón rojo que tenía, y para qué fue eso. Carolin no alcanzaba, el carro se le iba porque soltaba el freno, un desesperado de atrás tocando bocina… Dios mío!! Tremendo caos que armamos a eso de las tres de la tarde en ese parqueo. Finalmente, desistimos de ese bendito ticket y seguimos adelante, pero ya el daño estaba hecho. Y hasta una señora que no había visto nada, nos estaba mirando incómoda. ¿Pueden creerlo? ¿Será que es bruja?
Una vez dentro, no perdimos tiempo y fuimos directo al departamento de damas de la tienda Anthonys. Había mucha gente, pero la mercancía que quedaba no era para morirse, parece que ya habían “barrido” grandemente. Lo que sí había era molestoso ruido. Honestamente, a quién se le ocurre tener varios hombres con un bendito martilleo en plena tienda, un fin de semana de cobro y cuando han anunciado hasta más no poder, un 50% de descuento. Solo a Anthonys!
Por fortuna, Carolin encontró rápido lo que andaba buscando, lo que nos dio tiempo de tomarnos unas batidas y regresar a Orange, antes de que llegara mi turno (era el 112). Nos disponemos a partir y nueva vez, somos víctimas de la lluvia vespertina e inclemente.
De vuelta donde tu “futuro es brillante”, ya me habían llamado, pero la joven muy gentil ella, diligenció que me dieran otro chance. Pasamos a la caja 33, ¿y saben quien nos cruzó por el lado? Sí, ese mismo, el señor Marte aparece otra vez!! Y le tocó justo la caja frente de la mía. ¿Coincidencia o vaticinio? Solo Dios lo sabe.
Le estoy explicando a Bethania, quien me atendía, que deseo comprar mi boleta con los fidepuntos. “Como no”, me dice, mientras me pide la cédula y número para verificar todo. Se da cuenta de que la fecha para usar mis fidepuntos es en agosto. Pero yo muy segura y resuelta le digo que sí, que yo sé, pero que había llamado a Servicio al Cliente, y me habían asegurado que lo que no podía era cambiar el móvil, pero que sí podía adquirir mi boleta sin ningún inconveniente. Ella me respondió que sí, que era cierto pero que el sistema no lo permitía, por lo que me tenía que tramitar una reclamación. Dicho procedimiento se tardaba 24 HORAS LABORABLES, para dar respuesta y poder solucionar el problema. Sí, así mismo. Se imaginarán como estaba. Como decía una profesora de la universidad, me quedé como “pescao en nevera”. Tenía que esperar dos días a que me llamaran, con la incertidumbre de no saber si siempre iba a poder comprar mi boleta por esa vía, correr el riesgo de que se terminaran las boletas, y quedarme con la gran decepción de dar todas esas vueltas en “chino” por demás, viendo que uno de los principales objetivos de salir a mojarme, no se iba a cumplir.
Salimos de ahí, más rápido que inmediatamente. Yo estaba muy decepcionada y preocupada a la vez. Porque qué manía esa que tienen de no explicarle a la gente las cosas como son, y no hacerle perder tiempo a uno.
Ya en la avenida Abraham Lincoln, de regreso a casa, todavía no sabemos de donde fue que salió ese hoyo que nunca vimos, pero que sí sentimos, el carro cayó, y fue tan grande el golpe que escuchamos, que a Carolin a mí, no nos quedaba duda. ¡Goma, hasta ahí llegaste!
Ya en la avenida Abraham Lincoln, de regreso a casa, todavía no sabemos de donde fue que salió ese hoyo que nunca vimos, pero que sí sentimos, el carro cayó, y fue tan grande el golpe que escuchamos, que a Carolin a mí, no nos quedaba duda. ¡Goma, hasta ahí llegaste!
En cuanto pudo, mi hermana abrió su puerta para confirmar lo inevitable. Estábamos quedadas, más solas que la una, en plena tarde lluviosa. Al parquearnos a un lado de esa avenida, esquina Bolívar, empezamos a pensar cuál era el procedimiento a seguir. No sin antes, mirarnos y dejar salir un par de carcajadas. ¡Qué cómicas nosotras! Cansadas, yo sin mi boleta, mojadas y quedadísimas en la calle.
Pero no se crean. Tal parece que Carolin aprendió muy bien la lección de nunca andar sin todo lo necesario. Llevaba el set completo: una goma de repuesto, un gato y la llave de tuercas. Pero, ¿cómo te lo explico? Ella no tenía ni la más minima idea de cómo se cambiaba una goma, y yo digo apártate.
Como el plan A estaba descartado desde un principio, era el momento de ejecutar un plan B. Lo primero que hizo Carolin fue llamar a su papá, no estaba en casa, así como su hermano Johan, que estaba en la universidad.
De inmediato yo pregunto, ¿y tú no tienes un amigo que viva cerca? A lo que ella solo atinó a mencionar el nombre de Franklin. No solo lo tenía muy fresco, porque eran dos las veces que nos lo habíamos encontrado, sino que también teníamos la esperanza de que estuviera de camino para su casa. Carola lo llamó, no contestó. Llegó el turno de nuestro amigo Kennedy, no podía ir. Volví a intentar con el señor Marte, esta vez me tomó la llamada, le conté lo que nos había pasado, tampoco podía socorrernos, ya había tomado otra ruta muy diferente a la de nosotras. En ese justo momento, mi amiga y yo nos estábamos dando cuenta de los pocos hombres, amigos de confianza que teníamos. ¿Ustedes saben lo que es eso? Nuestras opciones eran cada vez menos, el tiempo seguía su curso, el agua arreciaba, mientras nosotras seguíamos sin saber qué hacer.
De inmediato yo pregunto, ¿y tú no tienes un amigo que viva cerca? A lo que ella solo atinó a mencionar el nombre de Franklin. No solo lo tenía muy fresco, porque eran dos las veces que nos lo habíamos encontrado, sino que también teníamos la esperanza de que estuviera de camino para su casa. Carola lo llamó, no contestó. Llegó el turno de nuestro amigo Kennedy, no podía ir. Volví a intentar con el señor Marte, esta vez me tomó la llamada, le conté lo que nos había pasado, tampoco podía socorrernos, ya había tomado otra ruta muy diferente a la de nosotras. En ese justo momento, mi amiga y yo nos estábamos dando cuenta de los pocos hombres, amigos de confianza que teníamos. ¿Ustedes saben lo que es eso? Nuestras opciones eran cada vez menos, el tiempo seguía su curso, el agua arreciaba, mientras nosotras seguíamos sin saber qué hacer.
Llamo a mi hermano Omar para ver si puede ir a ayudarnos, estaba en Haina. Pero me da la idea de llamar a un taxi, que ellos hacen ese servicio (cosa que ni Carolin, ni yo sabíamos que se podía) Entonces llamo a mi otro hermano Braulio para que me mande uno de confianza lo más rápido posible, como sabrán cuando en esta ciudad llueve, los taxi se ponen muy difícil. Ahí nos quedamos hasta que por fin llegó la unidad 28 de Taxi Miraflores, viendo como todo el que pasaba se nos quedaba mirando con cara de que nunca habían visto a alguien quedado por una goma rota.
En serio, no se imaginan todo lo que ese señor pasó antes de poder cambiar esa goma. Se mojó, sudó, ni el gato, ni la llave de Carolin servían, tuvo que usar los suyos y para rematar: la llave que tenía no le servía a las tuercas del carro… tuvo que ir a la ferretería a comprar una #21. ¿Será un plan?, pensé. Fue inútil, en la ferretería habían de todas las llaves, menos de ese número. No quedaba de otra. Había que hacerlo a la fuerza, y entre él y otro taxista de la misma compañía, que fue a ver en qué podía ayudar, lograron la gran hazaña de cambiar la goma.
Y así, luego de dos largas horas quedadas, terminó nuestra extenuante aventura sabatina. Más cansadas, hambrientas y locas por llegar a nuestras casas no podíamos estar. Pero, no todo había sido pérdida. La moraleja de esta jornada era clara: la importancia de que las mujeres aprendamos a valernos por nosotras mismas en aspectos tan cotidianos como la mecánica del vehículo en el que andamos, asegurarnos de contar con todas las herramientas necesarias y en buen estado para esas labores y, por último, pero no menos importante, es realmente urgente que Carolin y yo analicemos la razón por la que la lista de hombres a los que podíamos pedir ayuda, fuera tan reducida.
El texto completo fue elaborada por mi queridísima amiga Liliana, aquí lo compartí con ustedes a pesar de todas las cosas que quise quitarle por ser vergonzosas, pero como esto es Expresión Libre tenia que permitirlo. Espero que Lili me colabore más a menudo con las entradas jejejeje
El texto completo fue elaborada por mi queridísima amiga Liliana, aquí lo compartí con ustedes a pesar de todas las cosas que quise quitarle por ser vergonzosas, pero como esto es Expresión Libre tenia que permitirlo. Espero que Lili me colabore más a menudo con las entradas jejejeje
(Las fotos que nos tomamos ese terrible sábado de lluvias y más, están en el celular de Lili pero no se han podido descargar)

